Pocos días de marzo y una larga primavera nos han recordado que la historia normalmente se escribe a base de años o décadas, pero en algunas raras ocasiones también lo hace en días y semanas. En un abrir y cerrar de ojos hemos presenciado una crisis sanitaria sin precedentes con unas consecuencias sociales y económicas que apenas empezamos a comprender. Pero esta primavera también nos ha recordado otras cosas. Y es que Barcelona y Cataluña son sociedades que han sabido, a lo largo de la historia, afrontar grandes retos, y siempre con una misma receta: de forma compartida, donde cada uno ha dado lo mejor de sí mismo.

 

Con esta actitud Barcelona y Cataluña están reaccionando a la situación de emergencia que vivimos. Desde el principio, la articulación de mecanismos de colaboración pública y privada han permitido optimizar recursos en los momentos más críticos. La fabricación de respiradores por parte de la planta de SEAT en Martorell, el market-place creado por ACCIÓ para poner en contacto empresas que ofrecen recursos para luchar contra el Covid o bien la utilización de los Ateneos de Fabricación de Barcelona o las instalaciones del 3D Factory LAB del Consorcio de la Zona Franca para fabricación de mascarillas y pantallas protectoras son ejemplos de la extraordinaria capacidad de reacción y adaptación de nuestro tejido productivo e innovador. Todo ello sin olvidar que el fuerte tejido de investigación ha permitido situar Cataluña al frente de la investigación sobre el Covid y las formas de mitigar sus consecuencias.

 

Con la emergencia sanitaria bajo control, ha sido el momento de la reacción en medidas económicas y sociales. El esfuerzo de las administraciones públicas tanto en el aumento del gasto para minimizar el choque inicial como consecuencia del paro de la actividad económica, como la flexibilización de normativas, reducción o aplazamiento de tributos o los planes para asegurar el empleo son algunos ejemplos. Tanto el enorme esfuerzo en recursos e innovación que hacen los diferentes agentes económicos para adaptarse a las nuevas exigencias, como el teletrabajo o la adopción de medidas de distancia social en trabajos que son presenciales, dan una idea del esfuerzo titánico que está haciendo el sector privado para adaptarse y poder seguir generando actividad, riqueza y empleo.

 

El gran reto, a partir de ahora, es cómo dibujar una nueva manera de funcionar donde una nueva ola de digitalización modificará en profundidad la forma que tenemos de organizarnos como sociedad. El teletrabajo posiblemente sea la gran oportunidad para conseguir un reto que hasta ahora parecía imposible: evitar las aglomeraciones en los centros de las ciudades, hacerlas más verdes y menos contaminadas. Por otro lado, si el teletrabajo ha venido para quedarse, la forma que tenemos de organizar el territorio cambiará: una actividad menos concentrada en los centros de las ciudades ayudará a esponjar más la población, con menos necesidad de vivir cerca del su centro de trabajo. La dimensión metropolitana ganará, pues, mucha más relevancia. La evidencia de que el entorno cercano es fundamental, en cosas tan elementales como la alimentación, pero también industrias estratégicas como la farmacéutica, ponen de relevancia que no se puede olvidar el territorio en su conjunto ni su tejido productivo.

Más que nunca, el tridente formado por la ciudad, su área metropolitana y el conjunto del territorio deben funcionar juntos y dando lo mejor de sí mismos.

¿Cómo trabajamos?, ¿Cómo disfrutamos del tiempo libre?, ¿Cómo viajamos?, ¿Cómo nos relacionamos con el entorno y cuidamos de él?, ¿Qué recursos consumimos y de dónde provienen? Nunca había estado todo tanto en cuestión. Ahora tenemos la oportunidad de reinventarnos y de atacar los retos locales y globales que tenemos sobre la mesa.

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